Página 1 de 1

Las Lágrimas de Cristal Celestial

Publicado: Lun, 17 Jun 2024, 11:14
por Crystal Echoes
En la bulliciosa ciudad portuaria de Ranta, los días comenzaban siempre de la misma manera para Aric. Con apenas 30 años, Aric ya tenía la piel curtida por el sol y el salitre, y sus manos eran fuertes y ásperas por el trabajo duro en los muelles. Desde que tenía memoria, había trabajado allí, ayudando a descargar barcos, arreglando redes y asegurándose de que las mercancías llegaran a su destino. Aunque no llevaba una vida lujosa, estaba orgulloso de su labor.

Aric tenía el cabello oscuro y desordenado, y sus ojos azules reflejaban tanto la profundidad del océano como la astucia de un marinero. Era conocido por su amabilidad y disposición para ayudar a cualquiera que lo necesitara, pero también por su carácter firme y su determinación inquebrantable.

Ranta estaba, como siempre, vibrante y llena de vida: con sus calles estrechas y empedradas que serpenteaban desde los muelles hasta el mercado central, y sus casas de piedra y madera amontonándose unas sobre otras, creando un laberinto de callejones y plazas ocultas. El puerto era el corazón de la ciudad, un lugar siempre activo con barcos entrando y saliendo, cargamentos siendo descargados y comerciantes regateando precios.

Los muelles eran un hervidero de actividad, con trabajadores como Aric realizando sus tareas diarias en un constante ir y venir. El aire olía a pescado fresco, sal y madera húmeda, y el sonido de las olas golpeando contra los barcos se mezclaba con las voces y risas de los marineros y comerciantes.

Aquella mañana, como cualquier otra, Aric se encontraba descargando barriles de pescado de un barco que había llegado temprano. El sol apenas empezaba a despuntar en el horizonte, bañando el puerto con una luz dorada.

¡Deja de quedarte embobado y ponte a trabajar! —le gritó Vesa, la responsable de su muelle.

La mujer, de cuerpo musculoso y rasgos severos, le dirigió una mirada de reproche al joven. Aric, saliendo de su pasmo, pegó un pequeño brinco.

Perdón, Vesa, no he pasado buena noche —se disculpó Aric, poniéndose manos a la obra, cogiendo el barril de pescado fresco que su superiora le estaba tendiendo.

Me da igual —le respondió esta con la sinceridad y el tacto que la caracterizaban, agarrando ella misma otro de los barriles que se amontonaban en la cubierta del barco.

Aunque no lo pareciera a simple vista, los dos eran buenos amigos, se preocupaban el uno por el otro y la sequedad de Vesa nada tenía que ver con el cariño que le profesaba a Aric.

Voy a tener que pedirle a un arquitecto que compruebe las ventanas y puertas de mi casa. Te prometo que últimamente se mete un frío horrible por las rendijas, y no me deja pegar ojo —continuó Aric, ignorando por completo el comentario de su amiga.

Aric, cada día es algo diferente contigo —le reprochó severamente—. ¿No dijiste algo sobre unas ratas la semana pasada? ¿Y qué fue aquello que dijiste el mes pasado sobre unos golpes en las paredes?

De verdad que el compás de aquellos golpes era tan aleatorio que era imposible no desvelarse —respondió Aric con un tono desesperado y cansado en su voz—. Además, ¿no decías que no te importaba? Recuerdas muchas de mis historias para no importarte nada de lo que te digo...

Eres un caso aparte, Aric —suspiró la mujer, dejando el barril con el que estaba cargando en las fuertes maderas del suelo del muelle.

Mientras trabajaban, algo cambió en el aire. Un viento frío comenzó a soplar desde el mar, y una extraña sensación de inquietud recorrió a ambos trabajadores. Al unísono, los dos se miraron, para después desviar sus miradas hacia el horizonte.

¿Qué…? —intentó articular Aric.

De repente, el cielo comenzó a oscurecerse. Las miradas de Aric y Vesa volvieron a encontrarse, confundidos. No había nubes en el horizonte, pero una sombra parecía extenderse rápidamente, cubriendo la luz del sol. Los otros trabajadores también se detuvieron, mirando hacia el cielo con expresión de desconcierto.

Sin previo aviso, el cielo se iluminó con destellos de luz brillante. Pequeñas estrellas fugaces comenzaron a cruzar el firmamento, moviéndose a una velocidad asombrosa. Aric observó, maravillado y asustado a la vez, mientras la lluvia de meteoritos se intensificaba. Los destellos se volvieron más numerosos y brillantes, como si un enjambre de luciérnagas incandescentes cayera desde el cielo.

Los meteoritos parecían estar hechos de un material cristalino, y cuando impactaban contra el suelo, emitían un destello cegador y un estruendo ensordecedor. Parecía que estaban cayendo por todos lados: algunos cayeron en las afueras de la ciudad, creando pequeñas explosiones de luz y polvo, mientras que otros se hundieron en el agua con un chapoteo sordo.

Aric no pudo evitar seguir con la mirada uno de estos meteoritos que se dirigía directamente hacia el agua frente a él. Con un sonido atronador, el objeto impactó a unos pocos cientos de metros de los muelles, levantando una columna de agua y vapor.

A los pocos minutos, todo se calmó de golpe. Ningún cristal parecía seguir cayendo del cielo, y la oscuridad que había cubierto todo lo que estaba a la vista pareció disolverse en un instante.

Las miradas de Vesa y Aric volvieron a encontrarse.

¿Qué está pasando? —consiguió acabar de pronunciar por fin Aric.