Primer contacto con el mundo exterior
Publicado: Mié, 17 Jul 2024, 02:17
Año 1008. Día 45 de Verano. Mediodía.
Sting se había llevado todo el viaje dormido en el carro de aquel generoso comerciante que probablemente le había salvado la vida. Estaba agotado por toda la emoción de las últimas horas, la huida, el descubrimiento de aquella roca extraña, la larga caminata... No había tenido tiempo ni para pararse a pensar en las implicaciones que iba a tener en su vida haber tomado aquella decisión tan drástica.
Se despertó en el carro de madera rodeado de paja. No se quejaba, su cama del monasterio no era mucho más cómoda que aquello y después de haberse pasado horas huyendo, le parecía que había estado durmiendo en una nube mullida. Estaba desorientado y cegado por el Sol que ya se encontraba justo encima de su cabeza, ¿cuanto tiempo llevaba durmiendo? antes de desmallarse por el cansancio recordaba que estaban empezando a salir los primeros rayos de Sol. Poco a poco fue recuperando la visión y no pudo evitar maravillarse por la belleza del paisaje que le rodeaba, lleno de campos verdes, con flores de colores que no había visto antes, arboles frondosos con pájaros cantando y conejitos curiosos correteando al lado del carro. Nunca jamás habría pensado que algo podía ser tan bonito, y eso que acababa de salir del monasterio. No podía esperar a ver lo que le quedaba por descubrir, pero claro, después de vivir 18 años encerrado en aquel deprimente monasterio todo le parecía extremadamente bello.
El carro estaba siendo tirado por dos majestuosas bestias que Sting reconoció como caballos, nunca había visto a un caballo tan de cerca ¡y menos a dos! Los únicos caballos que entraban en el monasterio eran los de los comerciantes del exterior. Solo los sacerdotes que tenían permiso para hablar con ellos se acercaban a negociar. Durante esta transacción el resto de devotos permanecían dentro de los edificios haciendo tareas tales como limpiar, cocinar, tejer, transcribir libros... lo que hiciera falta para continuar produciendo valor económico para satisfacer a su dios. Una vez, Sting consiguió esconderse en el patio sin que le vieran ya que le daba curiosidad ver qué ocurría en ese tiempo en el cual les obligaban a encerrarse, se maravilló al ver a lo lejos a estos espléndidos animales que sólo conocía a través de los libros que les dejaban leer, que no eran muchos.
Sentado en la parte delantera del carro se encontraba el humilde comerciante que le había salvado la vida, por su vestimenta parecía más un granjero que un comerciante pero cuando hay que hacer largos viajes la ropa cómoda supera a la formal. Llevaba un sombrero de paja e iba mascando un tallo de heno mientras tarareaba alegremente una canción. A Sting le gustaba cantar y le habría encantado unirse, pero no conocía la canción y no quería interrumpir al señor. Sin embargo, no le habría importado ser su amigo, pero aún no sabía cómo relacionarse con la gente del exterior por lo que eligió quedarse callado.
Pasado un rato comenzó a divisarse una casita a lo lejos, a un lado del camino, estaba hecha de madera y parecía muy acogedora. Conforme se fueron acercando se hicieron distinguibles varios edificios más pequeños a su lado, eran un establo y un gallinero que Sting reconoció ya que en el monasterio tenían vacas y gallinas: podían vender la leche, el cuero y los huevos, era una fuente más de dinero y había que aprovecharla. Para sorpresa de Sting, el carro giró por el camino que llevaba a aquella granja y se detuvo en la puerta de la casa. Salieron a recibirlos una mujer y un hombre mayor, de unos 50 años, vestidos con ropas de lienzo y pantalones de tela gruesa, cómodos para trabajar la tierra. El comerciante se bajó del carro y se acercó a hablar con la pareja, parecía que hablaban de negocios. Sting decidió no bajarse del carro, al menos hasta que el comerciante le señaló. Ahora hablaban de él y Sting sintió que debía bajarse para presentarse, muy despacio y tímidamente con sus ropas sucias y agujereadas por la huida, se acercó al grupo de adultos.
-Ho- Hola, soy Sting, es un placer.
No sabía qué iba a ocurrir ahora ya que no conocía cómo actuaban los adultos del exterior y le costaba entender la expresiones de la gente, pero algo le decía que su viaje en carro había llegado a su fin.
Sting se había llevado todo el viaje dormido en el carro de aquel generoso comerciante que probablemente le había salvado la vida. Estaba agotado por toda la emoción de las últimas horas, la huida, el descubrimiento de aquella roca extraña, la larga caminata... No había tenido tiempo ni para pararse a pensar en las implicaciones que iba a tener en su vida haber tomado aquella decisión tan drástica.
Se despertó en el carro de madera rodeado de paja. No se quejaba, su cama del monasterio no era mucho más cómoda que aquello y después de haberse pasado horas huyendo, le parecía que había estado durmiendo en una nube mullida. Estaba desorientado y cegado por el Sol que ya se encontraba justo encima de su cabeza, ¿cuanto tiempo llevaba durmiendo? antes de desmallarse por el cansancio recordaba que estaban empezando a salir los primeros rayos de Sol. Poco a poco fue recuperando la visión y no pudo evitar maravillarse por la belleza del paisaje que le rodeaba, lleno de campos verdes, con flores de colores que no había visto antes, arboles frondosos con pájaros cantando y conejitos curiosos correteando al lado del carro. Nunca jamás habría pensado que algo podía ser tan bonito, y eso que acababa de salir del monasterio. No podía esperar a ver lo que le quedaba por descubrir, pero claro, después de vivir 18 años encerrado en aquel deprimente monasterio todo le parecía extremadamente bello.
El carro estaba siendo tirado por dos majestuosas bestias que Sting reconoció como caballos, nunca había visto a un caballo tan de cerca ¡y menos a dos! Los únicos caballos que entraban en el monasterio eran los de los comerciantes del exterior. Solo los sacerdotes que tenían permiso para hablar con ellos se acercaban a negociar. Durante esta transacción el resto de devotos permanecían dentro de los edificios haciendo tareas tales como limpiar, cocinar, tejer, transcribir libros... lo que hiciera falta para continuar produciendo valor económico para satisfacer a su dios. Una vez, Sting consiguió esconderse en el patio sin que le vieran ya que le daba curiosidad ver qué ocurría en ese tiempo en el cual les obligaban a encerrarse, se maravilló al ver a lo lejos a estos espléndidos animales que sólo conocía a través de los libros que les dejaban leer, que no eran muchos.
Sentado en la parte delantera del carro se encontraba el humilde comerciante que le había salvado la vida, por su vestimenta parecía más un granjero que un comerciante pero cuando hay que hacer largos viajes la ropa cómoda supera a la formal. Llevaba un sombrero de paja e iba mascando un tallo de heno mientras tarareaba alegremente una canción. A Sting le gustaba cantar y le habría encantado unirse, pero no conocía la canción y no quería interrumpir al señor. Sin embargo, no le habría importado ser su amigo, pero aún no sabía cómo relacionarse con la gente del exterior por lo que eligió quedarse callado.
Pasado un rato comenzó a divisarse una casita a lo lejos, a un lado del camino, estaba hecha de madera y parecía muy acogedora. Conforme se fueron acercando se hicieron distinguibles varios edificios más pequeños a su lado, eran un establo y un gallinero que Sting reconoció ya que en el monasterio tenían vacas y gallinas: podían vender la leche, el cuero y los huevos, era una fuente más de dinero y había que aprovecharla. Para sorpresa de Sting, el carro giró por el camino que llevaba a aquella granja y se detuvo en la puerta de la casa. Salieron a recibirlos una mujer y un hombre mayor, de unos 50 años, vestidos con ropas de lienzo y pantalones de tela gruesa, cómodos para trabajar la tierra. El comerciante se bajó del carro y se acercó a hablar con la pareja, parecía que hablaban de negocios. Sting decidió no bajarse del carro, al menos hasta que el comerciante le señaló. Ahora hablaban de él y Sting sintió que debía bajarse para presentarse, muy despacio y tímidamente con sus ropas sucias y agujereadas por la huida, se acercó al grupo de adultos.
-Ho- Hola, soy Sting, es un placer.
No sabía qué iba a ocurrir ahora ya que no conocía cómo actuaban los adultos del exterior y le costaba entender la expresiones de la gente, pero algo le decía que su viaje en carro había llegado a su fin.