Año 1008. Día 2 de Primavera. 12:30 del mediodía.
Thanya suspiró. Había estado toda la mañana de un lado para otro en el Distrito Comercial. ¿A qué hora había comenzado su turno de patrulla aquella mañana? Paró en seco, mirando al cielo. «Sí, definitivamente ya debería haberme ido a casa hace un buen rato», se dijo a sí misma, observando cómo el sol estaba en su punto más álgido en la bóveda celeste.
Miró a su alrededor, se encontraba en uno de los preciosos parques que salpicaban el Distrito Comercial. Los efectos del invierno estaban empezando a desaparecer de las plantas y la hierba, y podía ver cómo decenas de florecillas intentaban arrimar sus capullos aún cerrados hacia el agradable sol primaveral, en busca de energía para poder florecer.
Thanya se sentó en uno de los bancos del parque, suspirando nuevamente. No se sentía muy bien. Vio a niños jugar, madres llamando a sus hijos para irse a casa a comer, parejas dadas de la mano paseando alegremente por los caminos de tierra que se formaban entre los jardines. No la hizo sentirse mejor, más bien todo lo contrario. Se sentía sola, sola en medio de un montón de gente. Sus 27 años de vida los había pasado entre los muros de Ranta, pero la constante atención y ayuda que requerían los negocios de sus padres había hecho que tuviese muy pocos amigos. Tenía conocidos, sí, pero nadie a quien acudir cuando se sentía como ese día. Y eso la hacía sentirse peor.
Se levantó, estiró los brazos hacia el cielo y bostezó de forma sonora. Tampoco podía quedarse ahí todo el día, solo haría que se sintiera aún peor. ¿Pero qué hacer? ¿Volver a casa, sola? Inconscientemente su cara dibujó un gesto de asco. No. Se recolocó el cinturón y la vaina de su espada, irguió la espalda y miró al frente, seria. El orden no se iba a mantener solo en la ciudad.






