Año 1008. Día 45 de Verano. Mediodía.
Sting se había llevado todo el viaje dormido en el carro de aquel generoso comerciante que probablemente le había salvado la vida. Estaba agotado por toda la emoción de las últimas horas, la huida, el descubrimiento de aquella roca extraña, la larga caminata... No había tenido tiempo ni para pararse a pensar en las implicaciones que iba a tener en su vida haber tomado aquella decisión tan drástica.
Se despertó en el carro de madera rodeado de paja. No se quejaba, su cama del monasterio no era mucho más cómoda que aquello y después de haberse pasado horas huyendo, le parecía que había estado durmiendo en una nube mullida. Estaba desorientado y cegado por el Sol que ya se encontraba justo encima de su cabeza, ¿cuanto tiempo llevaba durmiendo? antes de desmallarse por el cansancio recordaba que estaban empezando a salir los primeros rayos de Sol. Poco a poco fue recuperando la visión y no pudo evitar maravillarse por la belleza del paisaje que le rodeaba, lleno de campos verdes, con flores de colores que no había visto antes, arboles frondosos con pájaros cantando y conejitos curiosos correteando al lado del carro. Nunca jamás habría pensado que algo podía ser tan bonito, y eso que acababa de salir del monasterio. No podía esperar a ver lo que le quedaba por descubrir, pero claro, después de vivir 18 años encerrado en aquel deprimente monasterio todo le parecía extremadamente bello.
El carro estaba siendo tirado por dos majestuosas bestias que Sting reconoció como caballos, nunca había visto a un caballo tan de cerca ¡y menos a dos! Los únicos caballos que entraban en el monasterio eran los de los comerciantes del exterior. Solo los sacerdotes que tenían permiso para hablar con ellos se acercaban a negociar. Durante esta transacción el resto de devotos permanecían dentro de los edificios haciendo tareas tales como limpiar, cocinar, tejer, transcribir libros... lo que hiciera falta para continuar produciendo valor económico para satisfacer a su dios. Una vez, Sting consiguió esconderse en el patio sin que le vieran ya que le daba curiosidad ver qué ocurría en ese tiempo en el cual les obligaban a encerrarse, se maravilló al ver a lo lejos a estos espléndidos animales que sólo conocía a través de los libros que les dejaban leer, que no eran muchos.
Sentado en la parte delantera del carro se encontraba el humilde comerciante que le había salvado la vida, por su vestimenta parecía más un granjero que un comerciante pero cuando hay que hacer largos viajes la ropa cómoda supera a la formal. Llevaba un sombrero de paja e iba mascando un tallo de heno mientras tarareaba alegremente una canción. A Sting le gustaba cantar y le habría encantado unirse, pero no conocía la canción y no quería interrumpir al señor. Sin embargo, no le habría importado ser su amigo, pero aún no sabía cómo relacionarse con la gente del exterior por lo que eligió quedarse callado.
Pasado un rato comenzó a divisarse una casita a lo lejos, a un lado del camino, estaba hecha de madera y parecía muy acogedora. Conforme se fueron acercando se hicieron distinguibles varios edificios más pequeños a su lado, eran un establo y un gallinero que Sting reconoció ya que en el monasterio tenían vacas y gallinas: podían vender la leche, el cuero y los huevos, era una fuente más de dinero y había que aprovecharla. Para sorpresa de Sting, el carro giró por el camino que llevaba a aquella granja y se detuvo en la puerta de la casa. Salieron a recibirlos una mujer y un hombre mayor, de unos 50 años, vestidos con ropas de lienzo y pantalones de tela gruesa, cómodos para trabajar la tierra. El comerciante se bajó del carro y se acercó a hablar con la pareja, parecía que hablaban de negocios. Sting decidió no bajarse del carro, al menos hasta que el comerciante le señaló. Ahora hablaban de él y Sting sintió que debía bajarse para presentarse, muy despacio y tímidamente con sus ropas sucias y agujereadas por la huida, se acercó al grupo de adultos.
-Ho- Hola, soy Sting, es un placer.
No sabía qué iba a ocurrir ahora ya que no conocía cómo actuaban los adultos del exterior y le costaba entender la expresiones de la gente, pero algo le decía que su viaje en carro había llegado a su fin.
Granjas
Las afueras de Ranta están salpicadas de numerosas granjas que proveen a la ciudad de alimentos frescos y otros productos agrícolas. Estas granjas son vitales para la economía y la subsistencia de Ranta, cultivando cereales, frutas, y vegetales, así como criando ganado. Los agricultores de estas tierras trabajan arduamente para mantener a la ciudad abastecida, y sus productos son una parte esencial del comercio en el mercado de Ranta.
Primer contacto con el mundo exterior
El silencio del camino, solo interrumpido por el ruido propio del transporte del comerciante y de sus animales de tiro, dio paso al ajetreo de una granja en horas de trabajo. Desde los cacareos de las gallinas y los mugidos de las vacas hasta el sonido de una guadaña segando el trigo y el aire a su paso. Por no hablar del cambio de olor que pronto empezaría a golpear el interior de sus fosas nasales.
-Encantado, soy Fredrik.-saludaría el granjero mientras se acercaba al joven.-y esta es mi mujer, Ada.-terminaría introduciendo a la mujer que lo acompañaba.
Físicamente ninguno destacaba especialmente, ambos rondarían los cuarenta y tantos y vestían ropas remendadas con evidentes signos de uso y de colores más bien apagados y claros, comprensible con el sol de justicia que pesaba sobre sus cabezas. Él mediría en torno a 1.75 tenía bastante desarrollado el tren superior, probablemente del duro trabajo físico de la granja. Ella, en cambio, no llegaba al metro sesentaicinco y era más bien rechoncha, probablemente se dedicara a los animales y la cocina, lo que venía a ser la familia canónica tradicional de cualquier granja de Helmiä.
-Estábamos hablando sobre la posibilidad de que te dieran cobijo y comida a cambio de tu trabajo, siempre se quejan de que no dan abasto con la granja y he pensado que podríais llegar a algún acuerdo... ¿qué te parece, pequeño?-terminaría Geir, el comerciante que lo había traído hasta ahí.
-Encantado, soy Fredrik.-saludaría el granjero mientras se acercaba al joven.-y esta es mi mujer, Ada.-terminaría introduciendo a la mujer que lo acompañaba.
Físicamente ninguno destacaba especialmente, ambos rondarían los cuarenta y tantos y vestían ropas remendadas con evidentes signos de uso y de colores más bien apagados y claros, comprensible con el sol de justicia que pesaba sobre sus cabezas. Él mediría en torno a 1.75 tenía bastante desarrollado el tren superior, probablemente del duro trabajo físico de la granja. Ella, en cambio, no llegaba al metro sesentaicinco y era más bien rechoncha, probablemente se dedicara a los animales y la cocina, lo que venía a ser la familia canónica tradicional de cualquier granja de Helmiä.
-Estábamos hablando sobre la posibilidad de que te dieran cobijo y comida a cambio de tu trabajo, siempre se quejan de que no dan abasto con la granja y he pensado que podríais llegar a algún acuerdo... ¿qué te parece, pequeño?-terminaría Geir, el comerciante que lo había traído hasta ahí.
Sting no sabía qué iba a ser de él ni sabía cómo iba a sobrevivir. Ese pensamiento no le agobiaba, era un chico muy positivo y pensaba que todo se acabaría solucionando. Y parecía que así era: escuchar aquella propuesta por parte comerciante le hizo alegrarse mucho.
-¡Será un placer!- Exclamó Sting con una sonrisa amplia y los ojos brillantes llenos de ilusión por aquella maravillosa oportunidad. - Puedo hacer lo que haga falta, sé trabajar la tierra y cuidar a los animales, de verdad, lo que sea necesario. Además, me encanta ayudar a las personas.
Hasta Sting se sorprendió de lo ansioso que estaba por comenzar a trabajar. El trabajo iba a ser muy parecido al que hacía en el monasterio, pero descubrió que eso no le importaba. Conocer a gente nueva le hacía mucha ilusión, pero sobretodo el hecho de estar fuera le generaba tal sensación de libertad que se sentía la persona más afortunada del mundo.
- Muchas gracias de verdad, no les defraudaré- - Dijo con la voz emocionada de un niño al que le regalan su juguete favorito. - Puedo empezar ahora mismo.
-¡Será un placer!- Exclamó Sting con una sonrisa amplia y los ojos brillantes llenos de ilusión por aquella maravillosa oportunidad. - Puedo hacer lo que haga falta, sé trabajar la tierra y cuidar a los animales, de verdad, lo que sea necesario. Además, me encanta ayudar a las personas.
Hasta Sting se sorprendió de lo ansioso que estaba por comenzar a trabajar. El trabajo iba a ser muy parecido al que hacía en el monasterio, pero descubrió que eso no le importaba. Conocer a gente nueva le hacía mucha ilusión, pero sobretodo el hecho de estar fuera le generaba tal sensación de libertad que se sentía la persona más afortunada del mundo.
- Muchas gracias de verdad, no les defraudaré- - Dijo con la voz emocionada de un niño al que le regalan su juguete favorito. - Puedo empezar ahora mismo.
Al parecer al joven le gustaba el trato, tampoco es que tuviera muchas más opciones para elegir pero aún así cama y comida a cambio de tu fuerza de trabajo era lo mejor que él podría esperar en el mundo exterior. Podría apreciar una leve sonrisa en la cara del comerciante tras su respuesta, probablemente aliviado por haber colocado el sobrepeso que llevaba en su carro.
-Perfecto entonces, aquí te cuidarán bien.-terminaría la transacción el hombre ofreciendo la mano para un apretón final.
-Si te parece puedes empezar por descargar esos dos barriles.-diría el granjero señalando dos toneles en la parte trasera del carro. Probablemente contuvieran alguna bebida como vino o cerveza.-después puedes poner en el lugar estas cajas.-terminaría señalando cuatro cajas de madera que dejaban entrever verduras de toda clase listas para ser llevadas a un mercado y venderse.
-Y bueno, cuando acabes te espero en el corral para seguir.-añadiría la mujer antes de encaminarse al característico edificio.
Mientras tanto, los dos hombres terminaban de cerrar el trato y estrecharse las manos con sendas sonrisas, parecía que se conocían de bastante tiempo y estaban bastante acostumbrados a intercambiar bienes de aquella forma.
El corral era el edificio bajo que estaba en la parte trasera de la casa y que se podía identificar fácilmente por el sonido de aleteos y cacareos típico de los gallos y gallinas. La estructura no tenía mucho de especial, apenas cuatro pareces con un tejado y una pareja de vigas y columnas que lo sujetaban todo. Dentro había unas diez o quince gallinas ponedoras, un gallo paseando y alborotando todo lo que podía y algunos pollos sobre camas hechas de paja. La señora de la casa estaría esperando al joven inspeccionando estos últimos uno a uno.
-Perfecto entonces, aquí te cuidarán bien.-terminaría la transacción el hombre ofreciendo la mano para un apretón final.
-Si te parece puedes empezar por descargar esos dos barriles.-diría el granjero señalando dos toneles en la parte trasera del carro. Probablemente contuvieran alguna bebida como vino o cerveza.-después puedes poner en el lugar estas cajas.-terminaría señalando cuatro cajas de madera que dejaban entrever verduras de toda clase listas para ser llevadas a un mercado y venderse.
-Y bueno, cuando acabes te espero en el corral para seguir.-añadiría la mujer antes de encaminarse al característico edificio.
Mientras tanto, los dos hombres terminaban de cerrar el trato y estrecharse las manos con sendas sonrisas, parecía que se conocían de bastante tiempo y estaban bastante acostumbrados a intercambiar bienes de aquella forma.
El corral era el edificio bajo que estaba en la parte trasera de la casa y que se podía identificar fácilmente por el sonido de aleteos y cacareos típico de los gallos y gallinas. La estructura no tenía mucho de especial, apenas cuatro pareces con un tejado y una pareja de vigas y columnas que lo sujetaban todo. Dentro había unas diez o quince gallinas ponedoras, un gallo paseando y alborotando todo lo que podía y algunos pollos sobre camas hechas de paja. La señora de la casa estaría esperando al joven inspeccionando estos últimos uno a uno.





